Imagínate una situación así.
Estás en una reunión para un futuro proyecto.
Eres el último en llegar.
De hecho, cuando miras los currículums de los demás, te das cuenta de que eres el que tiene menos experiencia.
Así que, ¿qué haces?
Escuchas.
Y escuchas.
Y escuchas.
Y oye, tú sabes que te he hablado muchas veces de la importancia de escuchar. Ahí estamos en el mismo barco.
Pero… esos días también pasan cosas, ¿verdad?
También… hay un momento donde una idea recorre tu lengua y la atrapas.
También… hay una duda de qué decir o no decir para no molestar.
Te ha ocurrido esto, ¿verdad?
A mí también.
De hecho, es algo que me pasa de manera demasiado habitual cuando llego a un contexto donde no estoy moviendo los hilos.
O, simplemente, tengo la sensación de que hay personas que piensan que saben más que yo de lo que va a pasar.
Y me equivoco.
Cuando estés en un contexto y tengas una idea… habla.
Grita.
Exprésala.
Que te digan que es absurda.
Que te cuenten que no la van a hacer.
Porque te aseguro que llegará un momento donde digan que sí.